Nuestro viaje a Japón empezó oficialmente el 14 de abril de 2012, tras habernos casado la noche anterior. Sí, frikis que somos, nos casamos un viernes 13, y al día siguiente dejamos atrás Gran Canaria con destino Madrid. Puesto que nuestro vuelo el domingo 15 saldría con destino Zúrich temprano, preferimos hacer noche en Madrid y llegar al aeropuerto con tiempo suficiente, sin sobresaltos. Así que nos quedamos en el Hotel Auditórium, que ofrece servicio de transfer aeropuerto-hotel gratuito y al ser tan grande (es descomunal) siempre hay habitaciones. Pese a ser un cuatro estrellas, no es demasiado caro, así que lo recomendamos para hacer noche cerca de Barajas (se puede ir al centro cogiendo una guagua hasta el metro más cercano, más o menos se tarda 50 minutos en total).

Al día siguiente cogimos un vuelo de SWISS hasta Zúrich, y una vez en el aeropuerto de la capital suiza nos dirigimos a la terminal desde la que saldría el vuelo, también de SWISS, hacia Tokio. En un principio íbamos apurados porque solo teníamos 1 hora entre vuelo y vuelo, pero esto se debe a un motivo: el aeropuerto de Zúrich es funcional, pero pequeño en comparación a los de otras capitales europeas. En otras palabras, si vas con esta compañía a Japón, puedes llegar de una puerta de embarque a otra en 20-25 minutos sin problema. Nosotros fuimos apurados y siguiendo a un grupo de jubilados japoneses, pero al final nos tocó esperar para embarcar.

Y así, a las 13 horas del 15 de abril, pusimos rumbo al otro lado del mundo. Nos esperaban por delante 12 largas horas de vuelo que se nos hicieron eternas…, pero una vez aterrizas en Japón, se te olvida todo.

Algunos consejos de viajero con respecto al vuelo: a ser posible, utiliza la misma compañía para ir desde España al aeropuerto de escala y de ese aeropuerto de escala a Japón. ¿El motivo? Que si por un casual te retrasas a la hora de llegar a la puerta de embarque del vuelo de Japón, te tendrán que esperar.

Otro consejo es que lleves en el equipaje de mano unas pantuflas cómodas. Las que regalan en algunos hoteles son ideales. Nada más estar dentro del avión, quítate los zapatos, guárdalos en el compartimento de arriba y ponte las pantuflas. Créenos, friki viajero: dentro de la lata de sardinas con alas llamada avión en la que vas a pasar tantas horas, se agradece ir todo lo cómodo posible.

En cuanto al vuelo en sí, nos dieron de cenar, de beber en varias ocasiones, un helado, y cuando nos quedaban 2 horas para aterrizar en Japón, nos dieron un desayuno que nos supo a gloria. Así que en cuestión de comida, los de SWISS se portan bien. En el videodiario puedes verlo con más detalle.

Lo más duro es cómo sobrellevar esas 12 horas. Hay un sistema de entretenimiento a bordo con películas, juegos, documentales, etc. Recomendamos paciencia, algún libro, algún juego de cartas, etc. Si tienes la suerte de poder dormir en el avión, estupendo. Nosotros prácticamente no pudimos, pese a que ves cómo anochece y pasas la mitad del vuelo con las luces apagadas.

Panel indicativo durante el trayecto del Narita Express en dirección a Tokyo Station

Pero todo lo bueno llega, y a las 7:50 am horas del lunes 16 de abril, hora local, aterrizamos en el aeropuerto internacional de Narita. Allí, tras pasar los controles de inmigración y aduanas, recogimos las maletas y nos dirigimos a la oficina de la JR en Narita para canjear nuestros Japan Rail Pass.

Hay que tener en cuenta que el aeropuerto de Narita está a 66 kilómetros de Tokio. Si se canjea el Japan Rail Pass nada más llegar a Japón, se puede usar el tren Narita Express, que viene incluido, para llegar a Tokyo Station en una hora (no olvides que para usar el Narita Express tienes que reservar obligatoriamente asiento antes. Lo puedes hacer en la misma oficina de la JR, es gratuito). Si se va a canjear el Japan Rail Pass más adelante, tienes que pagar el pasaje del Narita Express o buscar otro medio de transporte.

Durante los 60 minutos que duró el trayecto, observamos cómo cambiaba el paisaje. El aeropuerto de Narita se encuentra en una zona rural y al principio del trayecto todo lo que ves son campos de cultivo, pero a medida que se acorta la distancia con la capital, todo se va transformando… Y ya cuando te adentras en esa descomunal urbe que es Tokio y pasas un buen rato atavesándola de camino a Tokyo Station, empiezas a ser consciente de la dimensión de una ciudad donde se estima que viven unos 13 millones de personas.

Una vez en Tokyo Station y tras superar el choque inicial de ver a tanta gente yendo de un lado para otro, tomamos la Yamanote Line (gratuito con el Japan Rail Pass) y nos dirigimos a la estación de Ueno. Tras dejar las maletas en el hotel Touganeya, empezó oficialmente nuestro primer día recorriendo Tokio.

Como puedes ver en el mapa, el itinerario que seguimos fue sencillo. Tras tantas horas de viaje, lo único que nos hacía combatir el cansancio y los efectos del jet lag era la ilusión por estar al fin en Japón. Lo primero que hicimos fue dejar las maletas en el hotel (ojo: en Japón lo normal es que el check-in de las habitaciones sea a partir de las 15 horas; en nuestro caso, la habitación ya estaba preparada y pudimos subir antes de tiempo).

Tras instalarnos y mandar un primer correo electrónico a la familia para decir que llegamos bien (por aquella época lo de la mensajería entre móviles a través de Internet no era tan popular), salimos a recorrer los alrededores. Nos metimos en el primer restaurante que encontramos y nos comimos un ramen. A continuación regresamos a la zona de la estación y empezamos a cotillear… y nuestros pasos nos llevaron al Ameyoko.

El Ameyoko es una zona de mercadillos donde antiguamente se ubicaba el mercado negro de Tokio. A día de hoy es una larga calle que transcurre entre las estaciones de Ueno y Okachimachi, repletas de puestillos y locales diversos, ideal para un primer contacto con el lado más asiático de la ciudad y comer riquísimo por muy poco dinero. Nosotros, por ejemplo, nos zampamos una bandeja de 4 takoyaki (bolas de masa con un trozo de pulpo dentro) por 200 yenes, y luego un taiyaki (dulce de masa con forma de pez, que puede ir relleno de crema o pasta de judías dulces) también por unos pocos yenes. Lo cierto es que por el Ameyoko hay tantos sitios que desde entonces prácticamente todas las noches cenamos por allí.

Pero sigamos con el diario: tras recargar las pilas y con el estómago lleno, nos dirigimos al enorme y agradable parque de Ueno. Es una de las mayores zonas verdes de Tokio, ideal para pasear y observar a la gente, pero también si se busca algo más concreto, porque en ella se encuentran varios museos, facultades y templos.

El parque de Ueno, por la cercanía a la estación de trenes, su gran extensión y la gran variedad de paseantes y lugares de interés, es un lugar ideal para empezar a conocer Tokio.

En la época en la que llegamos a Japón (mitad de abril) aún quedaban algunos cerezos en flor en Tokio. Fue realmente mágico ese primer día en la ciudad ver caer las sakura (los pétalos de las flores de cerezo), y a la gente hacer hanami (una especie de picnic para pasar un buen rato con la familia, amigos o compañeros del trabajo mientras se observan las flores de cerezo).

Como decimos, el parque de Ueno es muy grande. El paseo nos sirvió para despejarnos, para andar y compensar de alguna forma todas las horas que pasamos en el avión, y para familiarizarnos con algunos de los topicazos que no nos abandonarían durante el resto del viaje. Por ejemplo, los cuervos. Los cuervos en Japón son enormes, escandalosos y están en todas partes.

Exprimiendo los últimos cartuchos de energía, regresamos a la estación de Ueno y tomamos el metro (recuerda que el metro no viene incluido en el Japan Rail Pass) para ir hasta Asakusa, el distrito más antiguo de Tokio, en donde se puede visitar el famoso templo de Asakusa Kannon. Si coges la línea Ginza del metro de Tokio, son solo dos paradas hasta Asakusa desde Ueno.

En cuanto a la visita a esta zona emblemática, lo cierto es que nos gustó, pero no la disfrutamos todo lo que se debería por el tremendo cansancio que empezaba a hacernos mella. Visitamos los alrededores del templo, sus callejuelas, compramos incluso algunos recuerdos en una tienda de artesanía, y cuando Nisa oficialmente no pudo más (iba hasta con mareos), regresamos al hotel a eso de las 5 de la tarde. Decidimos echarnos a dormir hasta las 9 de la noche, momento en el que nos obligamos a salir a cenar, con tal de terminar de habituarnos al horario.

De nuevo fuimos por el Ameyoko y cenamos en un local donde podías elegir menú en una máquina de monedas (un sistema de lo más práctico), y nos zampamos unos currys que nos supieron a gloria.

Para terminar el día, fuimos al konbini que está al lado del hotel y ahí compramos un par de botellas de agua para tenerlas en la neverita de la habitación, y el postre: melon pan (un bollo muy japonés que más que a melón, sabe a mantequilla, y es un vicio), y dorayaki (sí, esos bollos planos que tanto le gustaban a Doraemon). Cada uno por 105 yenes. El agua barata también.

Y caímos rendidos, a morir como los elefantes… Al día siguiente tocaba visitar la meca de todo friki del manga: Akihabara.

El primer acercamiento a Japón, los primeros contrastes urbanos de Tokio y descubrir la comida.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
El cansancio y el jet lag. Horroroso, pero con paciencia e ilusión se vence.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: