El día decimotercero de nuestro viaje por libre a Japón fue bastante especial para nosotros, e incluso en la actualidad, tanto tiempo después, lo seguimos recordando con cariño, puesto que empezó con sentimientos a flor de piel, y acabó en un enclave que nos conquistó.

Tocaba despedirnos de Kioto, arrastrar las maletas hasta The Cube y pillar el Shinkansen. Pero al ir a reservar asiento con el Japan Rail Pass… ¡sorpresa! Nos dicen que no hay más plazas de asientos reservados. Nos encontrábamos en plena Golden Week y un montón de japoneses también querían viajar dentro de su país, así que tuvimos que ir hasta Hiroshima de pie, en un vagón del Shinkansen petadísimo de gente.

Como siempre, te mostramos un mapa con el itinerario y una propuesta de ruta siguiendo la práctica web HyperDia.

Propuesta de ruta entre Kioto y Hiroshima, a través de HyperDia

Una vez llegamos a la estación de Hiroshima, dejamos las maletas en unas taquillas de monedas de la estación y nos dispusimos a visitar la ciudad. Lo mejor para moverse por Hiroshima es su red pública de tranvías, porque hay una conexión directa entre la estación y la zona de interés. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el tranvía no está incluido en el Japan Rail Pass (el billete de un solo viaje cuesta 160 yenes).

Hiroshima quedó totalmente destruida el 6 de agosto de 1945 tras el lanzamiento de la Bomba Atómica que puso final a la Segunda Guerra Mundial.

Para llegar hasta la Cúpula de la Bomba Atómica, hay que tomar la línea 2 (roja) o la línea 6 (amarilla) del tranvía de Hiroshima y bajar en Genbaku Dome-Mae (aquí se puede consultar el mapa completo).

Cúpula de la Bomba Atómica (Genbaku Domu) en Hiroshima

Qué decir… Quizás lo más acertado para empezar, sería mencionar lo obvio: Hiroshima quedó totalmente arrasada por la bomba atómica, por lo que a día de hoy es una ciudad erigida prácticamente desde 0, moderna y funcional, donde el principal interés para el visitante son los monumentos conmemorativos de dicho y triste momento. De todos ellos, el más icónico es la Cúpula de la Bomba Atómica, el edificio más próximo al punto del impacto de la bomba que resistió y permaneció, más o menos, en pie. Se conserva tal cual quedó, y lo cierto es que una vez estás delante, sobrecoge, porque te permite hacerte una idea de cómo debió de ser aquello.

El entorno inmediato que rodea la Cúpula de la Bomba Atómica es bastante agradable, pero el visitante pronto se topa con la cruda realidad. Y es que muy cerca de allí, está el Monumento a la Paz de los Niños, en el que destacan las miles de grullas de origami, confeccionadas en papeles de vivos colores, cuya historia pone la piel de gallina…

Sadako Sasaki fue una niña víctima del bombardeo de Hiroshima, y enfermó de leucemia debido a los efectos de la radioactividad. Por consejo de una amiga, decidió recurrir a una vieja tradición japonesa que dice que si haces mil grullas de origami, los dioses te conceden un deseo. Sadako empezó a hacer grullas en el hospital con la idea de pedir como deseo su curación, pero finalmente decidió hacerlas para pedir la paz y la curación de todas las víctimas del mundo. Murió a los 12 años de edad cuando llevaba hechas 644 grullas, y desde entonces, niños de todas partes (incluso de fuera de Japón) envían a diario grullas de origami a Hiroshima, para pedir como deseo la paz mundial y honrar su recuerdo.

Grullas de origami en el Monumento a la Paz de los niños en Hiroshima, en recuerdo a Sadako Sasaki

A un pequeño paseo de distancia se encuentra el Parque Conmemorativo de la Paz, y el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima.

El precio de la entrada es simbólico (creemos recordar que unos 50 yenes por adulto), y lo cierto es que recomendamos visitarlo… pero las cosas como son: es muy duro. Nosotros no sacamos ni fotos ni vídeos, y aguantamos dentro una hora y media. Impacta tanto escuchar los testimonios de los supervivientes que se te acaban escapando las lágrimas. Lo mejor es tratar de sacarle el lado positivo a la experiencia, tratar de aprender, de asimilar.

Una vez salimos del museo, decidimos regresar a la estación, pues se acercaba el mediodía y aún quedaba mucha jornada por delante. Mientras esperábamos el tranvía, nos llamó la atención un cartel que vimos en la marquesina, haciendo alusión a que Japón volvía a levantarse de sus cenizas tras el tsunami y el terremoto de 2011 (nosotros visitamos el país apenas un año después), en el que la Agencia Nacional de Turismo daba las gracias a los visitantes por ayudar así al país. Todo ello en medio de escenas cotidianas que por un momento te hacen dejar de pensar que no tantos años atrás todo el terreno sobre el que estás, no era más que cenizas.

Tras recuperar las maletas, nos comimos un okonomiyaki delicioso al estilo de Hiroshima, es decir, con mucha col, que nos preparó al momento una señora que regentaba un pequeño restaurante allí mismo. Poco después, tomamos un tren interno para ir hacia nuestro próximo destino: Miyajimaguchi, desde donde parten los ferrys hacia la maravillosa isla de Miyajima.

Ruta desde Hiroshima a Miyajimaguchi, desde donde se coge el ferry para ir a Miyajima

Desde Miyajimaguchi parten numerosos ferrys que conectan con Miyajima, y entre estas líneas de ferry, hay una de la JR, por lo que si tienes un Japan Rail Pass, puedes usar gratuitamente el ferry (mejor dicho, viene incluido en el Japan Rail Pass). El trayecto en ferry apenas dura 10 minutos.

Te recomendamos encarecidamente que visites Miyajima, pero no de una forma cualquiera: sí, es cierto que se puede visitar en un día (te puedes plantear una excursión de ida y vuelta tranquilamente), pero este es uno de los puntos con mayor encanto de Japón, un lugar muy turístico y popular entre los japoneses, por lo que siempre lo verás lleno de visitantes… hasta que llega la hora del último ferry hacia tierra firme a última hora de la tarde. Y es que en Miyajima hay apenas 2000 habitantes, de los cuales, muchos de ellos viven en el principal número urbano, pero por la noche el pueblo queda desierto. Y disfrutar de la isla en semejante quietud, no tiene precio… Así que te recomendamos que hagas noche ahí.

Bueno, a lo que íbamos: tras bajarnos del ferry, primera sorpresa: ¡ciervos salvajes! Sí, los primos de los ciervos de Nara vivien allí, y también son sagrados, así que cuidado con los mapas, ya sabes…

Habíamos reservado noche en un ryokan, el Ryoso Kawaguchi, y por email nos indicaron que cuando llegásemos al puerto, los podíamos llamar por teléfono para pedir que nos vinieran a buscar en coche. Así hicimos desde una cabina, y al poco apareció en coche un señor muy simpático que no hablaba ni papa de inglés. El ryokan quedaba cerca de allí, pero claro, al ser el primer contacto, decidimos ir sobre seguro.

El ryokan lo regenta un matrimonio, conformado por este señor y su mujer, que desde recepción sí que habla un inglés sencillo pero correcto. La verdad es que nos encantó el ryokan. No fue barato (unos 110 euros la noche al cambio), pero fue de lo más económico que encontramos por Internet cuando estuvimos organizando el viaje y salimos encantados.

La habitación que nos tocó era enorme, los futones, muy cómodos, disponía de cuarto de baño perfectamente acondicionado, juego de té con dos momiji (dulces típicos de Miyajima) como detalle de cortesía, y el edificio es una preciosidad. Además, cuenta con una joyita oculta que luego desvelaremos… Pero no era momento de quedarnos allí, sino de salir a explorar los alrededores.

Santuario de Itsukushima en Miyajima

Los dos monumentos más conocidos de Miyajima son el Santuario de Itsukushima (cuidado si lo quieres visitar, que cierra a las 6 de la tarde), y su icónico torii… ¡que pillamos en obras! Unas semanas antes quedó afectado por un tifón, según nos dijeron, y estaban rehabilitándolo. Así que la primera impresión fue pensar “mi gozo en un pozo”, pero al momento le vimos el lado positivo: no todo el mundo puede afirmar que contempló el torii de Miyajima cubierto de andamios, y así tenemos una excusa perfecta para regresar algún día a Miyajima y verlo en condiciones.

De cualquiera de las formas, nos encantó visitarlo y acercarnos a él gracias a la marea baja. Isleños que somos, no podíamos resistirnos a acercarnos al mar y presumir de haber tocado el Pacífico.

A ver, pregunta de examen: si eres español, treintañero y ves hamburguesas flotantes con Itsukushima de fondo, ¿qué haces? ¡Pues claro! Foto al canto recordando Humor Amarillo (aka Takeshi’s Castle).

Decidimos continuar el paseo alejándonos de la zona central y subir por las colinas, de forma que pudiéramos tener una mejor vista del barrio. Ya a esa hora empezaba a notarse el bajón en la afluencia de visitantes.

¡Cuidado con los ciervos, que son diabólicos! Qué va, si son amorosos 🙂

Cartel de advertencia sobre los ciervos salvajes de Miyajima

Pese a la tranquilidad, ello no quitó para que de regreso a la principal calle comercial de Miyajima, encontrásemos abiertas tiendas y puestillos para probar algunas exquisiteces locales, como sus ostras, que Pedro se zampó hechas a la brasa. Todo ello regado de un Ramune, el clásico refresco japonés con el boliche de cristal en el cuello.

Y tras el aperitivo, tocaba regresar al ryokan para disfrutar de esa joyita de la que hablamos antes: el ofuro privado del que disponía. En realidad, disponen de dos. Tan simple como esperar a que quede uno libre y entrar para disfrutarlo a tu aire. Disponía de un completo cuarto de aseo en la antesala, y en el baño en sí, zona de duchas a la japonesa y bañera de agua caliente. MUY caliente. Tanto que pese a que la regulamos para bajarle un poco la temperatura, a los diez minutos salimos de allí como langostas. Muy relajados, eso sí.

Tras el baño y descansar un rato en la habitación (básicamente escribir a la familia y subir las fotos aprovechando la conexión a Internet), salimos a buscar dónde cenar. La señora de recepción nos señaló en un mapa dónde estaba el único restaurante abierto a esa hora (sí, el único). Las calles estaban prácticamente vacías, el torii iluminado nos resultó precioso, y se cumplió el topicazo de que allá donde vayas, te encontrarás con otro español, porque los únicos clientes que había en el restaurante, además de nosotros, eran otra pareja española. Si es que…

Cenamos tranquilamente, dimos un último paseo y nos fuimos a dormir al ryokan. Al día siguiente teníamos planeado madrugar considerablemente para subir a lo alto de la isla, al Monte Misen. Una jornada de altibajos, pero igualmente memorable.

Miyajima. Siempre la llevaremos en el corazón. Y el ofuro privado del ryokan.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
Las lágrimas que se nos escaparon en el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: