Nuestro decimocuarto día viajando por libre por Japón fue, en honor al país, un día de contraste total y absoluto, pues empezó en el apacible entorno natural de Miyajima y acabó entre las calles de la enorme ciudad de Fukuoka.

Nuestra idea era madrugar considerablemente, subir a lo alto del Monte Misen, la cima más elevada de Miyajima, y descender también temprano para coger el ferry de regreso a Hiroshima alrededor del mediodía, y poner rumbo a nuestro próximo destino.

Así hicimos y a las 7 de la mañana estábamos saliendo del ryokan. Sí, sin desayunar. Así que empezamos a caminar por las calles desiertas de Miyajima, aún sin turistas, y nos encaminamos hacia el teleférico.

Y es que, ingenuos de nosotros, dábamos por hecho que el teleférico que lleva a lo alto del Monte Misen ya estaría operativo… Por cierto, somos muy fans del cartel. “10 minutos caminando, 7 si corres un poquito”.

Distancias al teleférico de Miyajima

Al llegar… ¡Error! El teleférico de Miyajima empieza a funcionar a las 9 de la mañana.

El teleférico de Miyajima empieza a funcionar a las 9 de la mañana y opera hasta las las 17 horas. ¡Tenlo muy en cuenta! Aquí puedes ver la tabla de horarios oficial.

Así que nos vimos allí, a las 7:15 de la mañana, con un debate moral: volver al ryokan o alrededores y hacer tiempo (casi dos horas) hasta que abriese, o a lo bruto. Es decir, subir a pie hasta la cima. ¿Adivinas qué hicieron los Frikis Viajeros?

¡Exacto! Subir a pata, a pelo. Con vaqueros, sin botas de trekking y con paracetamol en sangre, que Nisa andaba medio resfriada. Tardamos aproximadamente una hora y cuarto en subir.

Subiendo el Monte Misen, en Miyajima

No vamos a mentir: no fue un paseo ligero. El camino en sí no es nada complicado, pero es todo cuesta arriba. No habíamos desayunado… Vamos, hicimos todo lo que no se debe hacer, je, je, je. Y sin embargo, no nos arrepentimos, porque lo temprano de la hora nos permitió ascender a lo alto del Monte Misen completamente a solas. Cuando ya íbamos más o menos a mitad de ruta, empezamos a encontrarnos con pequeños grupos de japoneses, bien equipados con sus ropas de escalada, que pasaban a nuestro lado, nos hacían una pequeña reverencia con una sonrisa, e incluso algunos nos decían gambare! (¡ánimo!). Fue muy bonito.

Pero, sin duda, lo mejor llegó una vez estuvimos ya en lo alto de la isla, porque las vistas desde allí son espectaculares. Como afirmó Pedro, parecía como si alguien desde arriba hubiera lanzado los islotes, como si fueran piedras, y hubiesen quedado ahí, en medio del mar. La luz, el color, la paz… Tomarte un largo respiro y observar, no tiene precio.

En lo alto del Monte Misen hay una estructura metálica con un mirador. Lo cierto es que para lo bonito que es el entorno y lo cuidado que está, dicho mirador nos pareció bastante estropeado, pero bueno, cumplía sus funciones.

Hiroshima vista desde lo alto de Miyajima

Empezamos a descender y nos dirigimos hacia el templo Reikado, que no está demasiado lejos.

Dicho templo es famoso porque tiene una llama que arde desde hace 1200 años y está considerado un lugar sagrado para los que quieren renovar sus votos de amor. Nosotros, en lugar de ello, decidimos poner una tablilla ema, en la que expresamos nuestros deseos de volver algún día a Miyajima. Esperamos de corazón que ese deseo se cumpla 🙂

Eran las nueve y media de la mañana, teníamos que descender. A esa hora el teleférico ya estaba operativo, así que decidimos tomarlo para bajar (sí, al revés del pepino). Empezamos a toparnos con hordas de japoneses recién llegados tras subir en teleférico (flipamos con las japonesas que suben al monte en minifalda y tacones; las hay, y muchas), y tras comprar tickets de un solo viaje (1000 yenes cada uno, el viaje de ida y vuelta cuesta 1800 yenes), a hacer de tripas corazón. ¡A Nisa le dan pánico las alturas!

Pero antes, foto con el panel para meter la cabeza, faltaría más…

El trayecto en teleférico dura unos 10 minutos. Y sí, las vistas son impresionantes, pero anda que no está alto ni nada…

Teleférico de Miyajima

Una vez en tierra firme, lo primero era llenarse el estómago. Encontramos un pequeño restaurante que ya estaba abierto a esa hora, y nos zampamos un katsudon (carne de cerdo rebozada con huevo sobre cama de arroz) que nos supo a gloria. Tras el tardío desayuno regresamos al ryokan a recoger las maletas, y aunque la habitación ya la habíamos dejado (en Japón la hora del check-out suele ser muy pronto), nos dejaron ducharnos en los baños aledaños a los ofuros privados. Así que refrescados, salimos a dar el último paseo por Miyajima.

Cuando decidimos poner rumbo al puerto para coger el ferry de regreso a Hiroshima, Miyajima empezaba a estar llena de visitantes. Muchos japoneses aprovechaban el día para recorrerla, y el ambiente estaba la mar de animado. Ideal para un último tentempié y las últimas fotos.

Cogimos el ferry de la JR, con el sabor agridulce de dejar Miyajima atrás, pero de a su vez haber vivido en ella muy buenos momentos.

Ferry de regreso, de Miyajima a Hiroshima

Y aquí empieza la otra cara de la moneda del día 14 de nuestro viaje a Japón… La siguiente parada de la ruta estaba realmente lejos. Cogimos el Shinkansen en Hiroshima y una hora y pico después, nos bajamos en la estación de Hakata, en Fukuoka, que es la mayor ciudad de Kyushu, la isla más al sur de las cuatro principales que componen Japón (el archipiélago japonés cuenta con más de 6800 islas).

Nuestro itinerario inicial consistía en hacer noche en Fukuoka y al día siguiente visitar la ciudad balneario de Beppu, conocida por sus Nueve infiernos, hacer noche allí y partir al siguiente día a Osaka, pero la madre naturaleza nos hizo cambiar de planes, y es que la previsión del tiempo indicaba que iba a llover a mares en todo el país. Y si hay algo que en Japón funciona tan bien como los trenes, es eso, la previsión del tiempo.

Así que tras pasar una noche realmente incómoda en Fukuoka, cancelamos por email nuestra estancia en Beppu y decidimos partir al día siguiente a Osaka. Esa es la principal ventaja del Japan Rail Pass: la libertad de poder coger trenes en cualquier momento, a conveniencia.

Qué decir de Fukuoka… Es una ciudad enorme, cuya principal característica es que está más cerca de Corea del Sur que de Tokio. Todos los carteles indicativos que vimos, de hecho, estaban escritos primero en japonés y luego en coreano, algunos también en inglés, y de su puerto salen ferrys hasta Busan.

A veces las sensaciones que te despiertan un lugar, van asociadas a tu estado de ánimo. Aquella tarde en que llegamos a Fukuoka estábamos cansados, y nos costó mucho encontrar el alojamiento. Habíamos reservado un hostal para viajeros y por las indicaciones de la web parecía que no estaba muy lejos de la estación, pero estaba a casi un kilómetro. Tardamos prácticamente una hora en encontrarlo a base de paciencia y de preguntar (las chicas de una tienda de vestidos de novia nos imprimieron un mapa de Yahoo! y todo). Cuando llegamos, nos encontramos con un sitio que equivaldría a un hostal de juventud a la japonesa, con una sala común para hablar con otros viajeros bastante chula, pero la habitación… Uf, pequeña, futones que parecían folios, escándalo por la noche… Vamos, que pasamos de dormir como benditos en el ryokan de Miyajima a no pegar ojo. Al menos las duchas estaban muy bien.

Así que esa mala experiencia, la decepción por ver que lo de Beppu no iba a cuajar y el no encontrar los famosos puestos de ramen de tonkatsu por los que se conoce a Fukuoka, hizo que no tengamos muy buenos recuerdos de la ciudad.

Sin embargo, estamos seguros de que debe de ser un punto de partida perfecto si se quiere conocer Kyushu, isla considerada la cuna de la cultura japonesa. Seguro que si alguna vez regresamos a Japón, le daremos una segunda oportunidad.

Así que moraleja: si vienes a Japón pero no tienes intención de recorrer Kyushu, no vale la pena que bajes hasta Fukuoka.

La milenaria técnica del pandero no jutsu para envasar ropa al vacío

La nota de humor de la jornada la puso Pedro, al emplear su ya célebre técnica del pandero no jutsu para comprimir la ropa usada en una bolsa, como si estuviera al vacío, y que ocupara el menor espacio posible, a fin de llevarla en la maleta y poder lavarla en el hotel de Osaka, cuidad en la que recalaríamos a la jornada siguiente, y que nos encantó.

Las espectaculares vistas desde lo alto del Monte Misen.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
El alojamiento de Fukuoka. El peor de todo el viaje.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: