Definitivamente, fue a partir del tercer día cuando empezamos a disfrutar de verdad de nuestro viaje por libre en Japón. Como ya has visto y leído en los diarios de los días anteriores, no es que no disfrutáramos del día uno y dos, pero ya habituados al horario japonés y pasados los efectos del jet lag, nos sentíamos con las pilas cargadas para descubrir todo lo que el país y su capital tenían que ofrecernos.

Así que nos levantamos temprano tras haber asistido la noche anterior al concierto de Extreme en el Tokyo Dome, y tras la habitual visita al konbini que estaba al lado del hotel para desayunar, pusimos rumbo a la estación de Ueno para tomar la Yamanote Line. Destino: dos de los barrios más emblemáticos de Tokio: Shibuya y Shinjuku.

Banda juvenil tocando en la estación de Ueno

Nada más llegar a la estación de Ueno, nos topamos con una sorpresa: una banda juvenil de música estaba ofreciendo un concierto. Estaba todo tan primorosamente presentado, hasta con mascota, que no pudimos evitar pararnos unos minutos a observar el espectáculo. Los chicos tocando, el público atendiendo. Un pequeño oasis de paz en medio del ir y venir de gente en la que es una de las estaciones de tren más transitadas de la ciudad… Aunque al final del día, después de haber pasado por Shinjuku, comprobamos que el título se le queda grande.

Como puedes ver en el mapa que hemos puesto abajo con nuestro itinerario del tercer día, a través de la Yamanote Line, Shibuya está más o menos en el extremo opuesto de Ueno. Desde Ueno a Shibuya en dicha línea de tren de la JR, que puedes usar con el Japan Rail Pass porque viene incluido, se tarda más o menos una media hora. Nada más salir de la estación, empiezas a ver que imperan en el ambiente las tres señas de identidad de Shibuya: Hachiko, su célebre paso de peatones, y la moda juvenil.

A pocos metros de la estación de Shibuya se encuentra la estatua de Hachiko, todo un símbolo del barrio, de la ciudad y de Japón como tal, así como uno de los puntos de encuentro más populares entre los tokiotas que van a la zona.

Por si no lo conoces, Hachiko fue un perro de raza akita inu que todos los días esperaba a su dueño cerca de la estación de Shibuya a que este regresara del trabajo (era profesor universitario). Así fue durante años, y los vecinos le acabaron cogiendo cariño. Sin embargo, un día el profesor no regresó, pues murió súbitamente antes de poder coger el tren de regreso a casa. Hachiko volvió al mismo lugar cada uno de los restantes días de su vida a esperar por él, hasta que murió en 1935.

En reconocimiento de su lealtad, la ciudad le erigió la estatua que ahora puede verse ahí, en Shibuya. Además, Hachiko está en todas partes: en los anuncios, en las marquesinas, en simpáticos carteles… Vamos, que se ha convertido en un símbolo. A nosotros, que nos encantan los perros, nos parece muy emotiva esta historia. Por cierto, un dato un tanto macabrillo: Hachiko está disecado y se encuentra en el Museo Nacional de Naturaleza y Ciencia de Tokio, en Ueno (nuestra última tarde en Tokio la pasamos en dicho museo porque estaba lloviendo y nos lo encontramos sin tener ni idea de que allí estaba).

El segundo símbolo de Shibuya, es su célebre cruce. En apariencia, no es más que una zona con varios pasos de peatones en forma de cruz, pero es famoso porque es el paso de peatones más transitado del mundo. Se calcula que alrededor de un millón de personas (sí, has leído bien, un millón de personas) lo atraviesan a diario. Sí, cada día.

Nosotros llegamos a Shibuya un miércoles temprano, no serían más de las 10 de la mañana. A esa hora había gente, aunque no tanta. Verlo en hora punta debe de ser agobiante y espectacular.

El cruce no tiene pérdida, está justo en frente de la salida de la estación de trenes. Nuestros consejos son que primero vayas a ver a Hachiko y que luego recorras los alrededores, pues podrás encontrarte cosas interesantes; por ejemplo, a nosotros se nos cumplió el tópico de encontrarnos tirada una revista de manga. Como en Japón este tipo de publicaciones son baratas, mucha gente, tras leerlas, las deja en la calle para que otros las recojan o las reciclen. Por supuesto, nos trajimos la revista a casa como recuerdo.

Segundo, que atravieses el cruce como un peatón más. Y tercero, que hagas una visita al Starbucks que hay justo al otro lado del cruce. No es por darle publicidad gratuita, es que desde la planta 1 de dicho local puedes disfrutar de unas vistas estupendas del cruce y observar de primera mano cómo se detiene y reanuda el tráfico, y cómo se detiene y reactiva la marea humana. Una coreografía que se repite rítmicamente a intervalos de pocos minutos y que puedes disfrutar a cambio de dejarte unos cuantos yenes (ya se sabe, el Starbucks no es barato en ningún lado, pero al menos en Japón tienen frappes de té matcha que están buenísimos).

Por cierto, teóricamente está prohibido sacar fotos y vídeos desde ahí (hay algunos carteles en inglés que lo indican), pero nosotros, todo lo discretamente que pudimos, nos saltamos la norma a la torera. Nosotros y nos tememos que todos los demás visitantes… 😛

Vale la pena dedicar entre veinte minutos y media hora a observar la marea humana del cruce de Shibuya, cómo el flujo de peatones y tráfico se detiene y reanuda caóticamente, aunque siempre dentro de un orden.

Una vez nos hubimos terminado el frappe y admiramos las vistas del cruce de Shibuya un buen rato, regresamos a pie de calle y nos dispusimos a experimentar de primera mano el que es el tercer rasgo característico de Shibuya: el ser un referente de la moda.

Para ello, entramos en el Shibuya 109, un edificio donde se pueden encontrar numerosas tiendas de ropa juvenil. Hay dos, uno de chicas y otro de chicos. Nosotros nos decantamos por el primero, y a base de recorrer sus plantas, curioseamos (sin poder sacar fotos, estaba prohibido) entre ropas de color pastel, maniquíes con pestañas postizas y dependientas de voces chillonas que invitaban a mirar de cerca su mercancía. Según Pedro, no había visto semejante cantidad de japonesas monas por metro cuadrado en su vida. Según Nisa, las japonesas son por lo general tan bajitas y delgadas que era complicado ver algo allí que no tuviera relleno. Lo cierto es que aunque no es imprescindible la visita al 109, ni mucho menos, resulta curioso.

Si no se tiene especial interés en ello, recomendamos no entrar, sino observar los escaparates de las numerosas tiendas que hay por los alrededores. Se pueden ver cosas tan… ¿llamativas? como el maniquí con cabeza de oso que se puede ver en la foto que sacamos y que está en la galería de abajo.

Shibuya es, en definitiva, el barrio de la gente joven, un punto de encuentro urbanita célebre también porque por los alrededores hay numerosos love hotels… Nosotros no fuimos a ninguno, pero si se tiene cierto interés, de seguro vale la pena la experiencia.

Siguiendo con el diario, decidimos dar un paseo e ir caminando hasta la estación de tren de Harajuku. Aunque pueda parecer que la distancia es larga, en verdad no lleva más de media hora. Nos gusta caminar todo lo posible, porque es la única forma de ver cosas y reparar en detalles que de otra manera sería imposible. Por ejemplo, nos topamos con numerosos minijardines. Y es que en Tokio, cualquier hueco se aprovecha para montar un pequeño rincón verde.

Minijardín urbano visto caminando entre Shibuya y Harajuku, Tokio

Atravesamos la avenida de Omotesando, cerca de Harajuku, a la que se la conoce como los Campos Elíseos japoneses por ser una calle que congrega numerosas tiendas de lujo. Pero solamente la vimos de pasada, puesto que teníamos previsto visitarla, al igual que Harajuku y el parque de Yoyogi, unos días más tarde.

Nuestro objetivo era tomar de nuevo la Yamanote Line en la estación de trenes de Harajuku y bajarnos una parada después, en Shinjuku (hasta ahí sí hay ya un poco más de distancia). Y lo que nos encontramos al llegar al siguiente destino, fue la estación de trenes más transitada del planeta…

Para que te hagas una idea, se estima que cada día pasan más de 3 millones de personas por la estación de Shinjuku. Tiene 36 andenes, líneas de metro y trenes, y cerca de 200 salidas distintas. ¿En qué se tradujo eso para nosotros, dos pobres Frikis Viajeros canarios? Pues en que nos costó salir de la estación como quince minutos. Primero teníamos que encontrar la salida que queríamos tomar, y segundo, salir. Lo hicimos andando por unas cintas transportadoras para ir más rápido, y aun así estuvimos como siete minutos a ese ritmo antes de volver a salir al exterior.

Es impresionante. No te agobies y disfruta en lo posible de la experiencia, porque las cifras marean pero siempre dentro de la eficiencia, pese a la cantidad de hombres y mujeres de traje que verás andando de un lado para otro (Shinjuku es un distrito financiero, donde abundan las grandes empresas y corporaciones).

Desde la estación de Shinjuku nos dirigimos al edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio. Hay que ir por la salida oeste de la estación y se tarda más o menos unos diez minutos. No tiene pérdida, no solo por los paneles indicativos que verás, sino porque el edificio domina desde lo alto. Es una visita muy recomendable, puesto que se puede subir gratuitamente a la planta 45, en donde hay un mirador que ofrece unas vistas impresionantes de Tokio. Además, el mirador está abierto hasta las diez y media de la noche, por lo que se puede tener una panorámica del Tokio diurno y nocturno. También hay una cafetería y tiendas diversas de recuerdos.

Por cierto, el ascensor sube tan rápido a la planta 45 que sientes el cambio de presión en los oídos… Es cuando empiezas a ser consciente de lo alto que estás.

Cuando descendimos de nuevo a tierra, buscamos un sitio donde comer y acabamos en un restaurante de curry para zamparnos uno de esos enormes platos de curry japonés con tonkatsu (cerdo rebozado). Nos pasaron dos anécdotas ahí: la primera, que el centro comercial donde se encontraba el restaurante tenía en los baños públicos unos váteres de esos con chorritos… ¡y hasta música!, y la segunda, que nos olvidamos el mapa de Tokio en la mesa, y cuando nos dimos cuenta regresamos atrás y una de las camareras del local nos estaba esperando en la puerta para dárnoslo con una reverencia.

Hablando de restaurantes, mientras caminábamos de camino a la estación de trenes para tomar de nuevo la Yamanote, nos topamos, entre otras cosas curiosas, con el primero de los tantos restaurantes españoles que vimos en Tokio. Y es que a los japoneses les encanta todo lo relacionado con la cultura española. Si eres español y te preguntan de dónde eres, cuando les respondas, con alta probabilidad soltarán un: Ooooh, Spain! Andalussia!

Restaurante de comida española visto por los alrededores de Shinjuku, Tokio

Esa tarde hicimos una última para por Akihabara para hacer algunas compras y nos marchamos al hotel, a ducharnos, salir a cenar y descansar para el día siguiente, en el cual saldríamos de Tokio para hacer una excursión de un día.

De camino, atravesamos callejuelas repletas de puestillos, siempre en contraste con los altos edificios, y sus carteles de llamativos colores. La esencia de una ciudad en apenas tres imágenes.

Aún nos quedaba mucho que ver y conocer en tierras niponas.

Las espectaculares vistas de Tokio desde el observatorio gratuito del edificio del Gobierno Metropolitano.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
Las voces chillonas de las dependientas del 109 en Shibuya. Aunque Pedro sigue afirmando que eran tan monas que se les perdona.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: