El quinto día de nuestra aventura por libre en Japón fue extraño, y quizás por eso lo recordamos con tanto cariño. Empezó pronto de narices, puesto que madrugamos considerablemente con la intención de ir a visitar la lonja de Tsukiji, el mercado de pescado más grande del mundo que tiene una parte abierta al público en un horario determinado, pero nos salió el tiro por la culata…

A las 5 y media de la mañana estábamos ya en el metro, y pese a llegar a la lonja a las 6 en punto, ya no había plazas. Nos quedamos con cara de tontos, la verdad 🙁 Habíamos leído por ahí que los alrededores del mercado valían la pena por la cantidad de tascas y pequeños restaurantes, pero lo cierto es que nos encontramos con un montón de locales cerrados o poco atrayentes.

En resumen, no sabemos si fue debido al sueño o a la decepción por no haber conseguido entrar, pero los alrededores de la lonja de Tsukiji nos parecieron decepcionantes. Una zona industrial, un poco caótica y sucia, dentro de todo lo caótica y sucia que puede ser una zona en Japón (nótese la ironía). Así que tras deambular por ahí un rato, acabamos desayunando en cualquier parte y regresamos a Ueno, donde nos esperaban dos pequeñas pruebas que superamos satisfactoriamente: tender en la azotea del Touganeya la colada que la noche anterior hicimos en la lavadora de monedas del hotel (porque no se secó bien colgada dentro del baño) y mandarnos a España una caja con compras.

Ropa tendida en la azotea del hotel Touganeya, en Tokio, tras hacer la colada en lavadora de monedas

A las 10 de la mañana ya habíamos hecho todo, así que regresamos a la estación de tren de Ueno, tomamos la Yamanote Line y nos bajamos en Tokyo Station. El exterior de la estación de trenes de Tokio tiene un curioso estilo arquitectónico del que no pudimos disfrutar plenamente porque estaba en obras, pero tampoco nos supuso demasiado reparo porque justo en frente de la estación se encuentra el parque del Palacio Imperial, un lugar al que vale la pena dedicar un buen rato y pasear, observar. Vimos a grupos de japoneses sacándose fotos con el famoso puente Nijubashi, dibujando o simplemente recorriendo los parajes en bicicleta. El tiempo no acompañaba (fue un día de cielo gris en el que nos lloviznó), pero estábamos decididos a visitar ese día la Torre de Tokyo, y hacerlo a base de caminar… y como puedes ver en el mapa con el itinerario, fue un buen pateo, jajajaja.

Así que eso hicimos… Mapa en mano, echamos a andar. Como ya hemos dicho en varias ocasiones, nos gusta mucho patear durante nuestros viajes, pues creemos que es la única forma de ver todo lo posible durante tu estancia en otro país. Para visitar la Torre de Tokio, la parada de tren más cercana de la Yamanote Line es Hamamatsucho, así que puedes ir directamente ahí, pero nosotros, a base de andar, pasamos delante del Edificio de la Dieta (importante enclave gubernamental nacional), vimos zonas llenas de grandes empresas y embajadas, y lo más curioso: al llegar a las inmediaciones de la torre de Tokio, vimos en vivo y en directo un auténtico instituto japonés. Sí, con característico sonido por megafonía, sus alumnos jugando al béisbol al grito de senpai! y demás… Vamos, como si te hubieses metido de pronto en un manga.

Y así, tras varias horas de pateo (con parada para el almuerzo inclusive, eso sí), quedamos ante la gran estructura de hierro conocida como la Torre de Tokio, desde la que se pueden disfrutar unas asombrosas vistas de la capital en varios ángulos. Eso sí, a diferencia del mirador del Edificio del Gobierno Metropolitano, para subir a la Torre de Tokio hay que pagar, y lo cierto es que recomendamos hacerlo. Nosotros fuimos al observatorio de la primera planta, pero hay tres opciones distintas.

Nada más llegar a la Torre de Tokio, vimos que en su base había cables con numerosas carpas de tela de vistosos colores. Estas carpas se debían a la proximidad del Kodomo No Hi, la fiesta de los niños, que se celebra en Japón el 5 de mayo (casualmente, el día en que nos íbamos del país). Es precioso verlas ondeando, pero es que además nos sirvió para hacernos una idea de lo alto que estábamos una vez subimos en el ascensor que nos llevó al primero de los observatorios de la torre…

Las carpas de tela se colocan con motivo de la celebración del Día de los niños (Kodomo no hi) el 5 de mayo. La carpa negra simboliza al padre, la carpa roja simboliza a la madre, y las restantes carpas representan a cada hijo, con un color que indica si es el primero, el segundo, etc.

Compara la primera foto de la galería y la segunda… ¡Qué vértigo! A 150 metros se puede observar Tokio desde los cuatro lados de la torre y las vistas son impresionantes. Incluso estando el día tan feo, lo disfrutamos con creces y nos sorprendió lo que nos ofrecía esa vista de pájaro: desde helipuertos a cementerios en medio de edificios, pasando por el Rainbow Bridge que lleva a Odaiba.

Dentro de la Torre de Tokio se pueden encontrar cosas muy curiosas además de las vistas, como un robot que te habla en japonés y te persigue con su simpática voz, o todo tipo de recuerdos en la tienda de souvenirs, entre ellos tablillas ema con la icónica forma del edificio, pero lo que más nos marcó, es el ventanuco que hay en el suelo para mirar, así, sin anestesia, hacia el vacío que hay bajo tus pies.

Ventanuco para mirar al vacío desde la Torre de Tokio

Uffffff, por favor, qué vértigo. ¡A ver quién es el valiente que se queda de pie justo sobre el cristal! Nosotros no pudimos, lo reconocemos.

Tras disfrutar de la torre por espacio de una hora, bajamos, sin tener ni idea de que a continuación nos íbamos a encontrar algo que terminaría siendo de nuestras partes favoritas del viaje a Japón… Pero primero, a reponer fuerzas con una deliciosa crepe japonesa del puestillo que encontramos justo debajo de la torre. En las fotos, lo primero que puedes ver es una réplica. Había réplicas de todas las crepes disponibles, así que es muy útil a la hora de elegir (en este caso, los ingredientes venían escritos también en inglés). La segunda foto es la crepe ya lista para comer. Qué decir…, ¡son muy ricas! Además, las sirven enrolladas, ideales para comérselas por ahí sin dificultades. No dejes de comerte una crepe si vas de viaje a Japón.

Tras ello, llegamos hasta un pequeño parque muy cerca de la torre, donde nos entretuvimos haciendo el pato sobre las hamburguesas flotantes (sí, somos de la generación de Humor amarillo, qué le vamos a hacer), incluso una pareja japonesa nos pidió que les sacáramos una foto haciendo lo mismo.

Y mientras seguíamos pateando, con la intención de ir hasta la estación de trenes más cercana, ocurrió… Nos topamos con el templo de Zojoji sin tener ni idea de que estaba ahí.

Es complicado describir el cúmulo de sensaciones que nos causó este lugar… En el templo de Zojoji se pueden encontrar estatuas Jizo, en recuerdo a los niños no nacidos. Cuando estás en Zojoji, una tarde como nosotros en la que no había ningún visitante más, impera el silencio, solo se escucha el viento en las ramas de los árboles, algún molinillo de los que adornan las estatuas, como mucho, pese a estar situado en medio de Tokio, una de las urbes más descomunales del planeta. Ese silencio, la expresión serena de las estatuas, el colorido de las ropas, las flores, los juguetes y demás detalles infantiles que las familias han dejado ahí… Sobrecoge. Mucho. A Nisa se le escaparon las lágrimas.

Es un contraste enorme e impactante pasar de estar en lo alto de la Torre de Tokio a un enclave de tanta carga espiritual. Ese fue, posiblemente, una de las experiencias que más nos marcaron y que, en nuestra opinión, mejor sintetizan lo que es Japón, su mezcla de vanguardia y tradición.

Tras deambular por Zojoji, retomamos el rumbo hasta la estación de Hamamatsucho, en cuyos alrededores vimos bastantes restaurantes de comida española. La intención inicial era tomar ahí el monorraíl para ir hasta Odaiba, pero entre el madrugón que nos habíamos pegado y el pateo que nos pegábamos, no podíamos con nuestra alma, así que decidimos regresar al hotel a descansar, llenar la bañera de la habitación de agua y meter los pies en remojo.

Muchas emociones fuertes, y al día siguiente tocaba volver a salir de Tokio…P

El templo de Zojoji y el enorme contraste con la Torre de Tokio. Vanguardia y tradición a pocos metros de distancia, un choque cultural que cala hondo.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
El madrugón que nos pegamos para ir a la lonja de Tsukiji, y que no sirvió para nada, porque cuando llegamos a las 6 de la mañana ya no habían plazas.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: