Uno de los lugares más visitados con la intención de ver el monte Fuji es Hakone. No queda lejos de Tokio, en días despejados se puede disfrutar de una vista estupenda del gran icono de Japón, especialmente desde su teleférico, y se puede rematar la jugada degustando un huevo negro, después de haber sido sancochado (que es como decimos los canarios “hervido”) en aguas volcánicas. Sin embargo, nosotros, Frikis Viajeros que somos, elegimos otro destino: el lago Kawaguchi, en japonés Kawaguchiko, uno de los cinco lagos que rodean al Fuji.

Así que en nuestro sexto día viajando por Japón, volvimos a salir de Tokio. Desde Ueno cogimos la Yamanote Line hasta Shinjuku, en donde cogimos un tren de la JR a Otsuki. Ahí hay que tomar un tren de una línea privada que lleva hasta Kawaguchiko, así que si tienes pensado ir hasta allí en tren, como nosotros, ten en cuenta que esta línea, al no ser de la compañía JR, no va incluida en el Japan Rail Pass, por lo que debes pagarla aparte (unos 1200 yenes cada trayecto).

Ruta de trenes para ir desde Tokio hasta Kawaguchiko, via HyperDia

En esta captura orientativa sacada de HyperDia puedes ver la ruta que nosotros seguimos. Te recomendamos que utilices esta web gratuita para planificar tus viajes en tren por el país (puedes leer el tutorial sobre cómo usar HyperDia aquí, es muy sencillo).

El viaje hasta Kawaguchiko se hace un poco largo, pero es muy interesante ver los paisajes rurales por los ventanales. En la época en la que nosotros fuimos (segunda quincena de abril) el Fuji estaba profusamente nevado, hacía frío y aún había sakuras por Kawaguchiko. Entre eso y que te encuentras el Fuji en todas partes (logotipos, adornos en el exterior del tren, etc.), uno va entrentenido y, sobre todo, esperanzado, soñando con ver a Fujisan de cerca.

Hay que destacar un par de puntos que la experiencia de viajar a Kawaguchiko nos dejó y que queremos compartir contigo: la primera es que Kawaguchiko es un pueblo pequeño, cuyos principales atractivos son las actividades que se desarrollan a partir del lago (como pequeños cruceros fluviales) y que muchos senderistas que suben a la cima del Fuji lo usan como punto de arranque en la ruta. También se puede caminar por la orilla y visitar los demás lagos si se busca conocer la naturaleza de los alrededores, pero su principal atractivo es la contemplación del Fuji; y el segundo y principal, es que tienes que tener muy en cuenta que el que veas o no el Fuji, va a depender de la climatología. Te aseguramos, por experiencia propia, que como pilles un día nublado, tienes una probabilidad muy alta de quedarte con las ganas. Nosotros lo vimos, sí, pero solo por unos minutos y de chiripa…

Así que te recomendamos que consultes la situación del tiempo la jornada anterior, por si acaso.

En un día despejado, las vistas del monte Fuji desde Kawaguchiko deben de ser impresionantes… Pero si pillas un día nublado, como nosotros, las posibilidades de verlo son pocas. Así que mira la previsión del tiempo y decide cuándo irás, porque el viaje es un poco largo y si no lo ves, quizás no merezca demasiado la pena.

Una vez llegamos a la estación de Kawaguchiko, dimos un paseo para estirar las piernas y curiosear los alrededores. Desde ahí hasta el lago hay unos veinte minutos a paso relajado, y por el camino pudimos ver cosas muy curiosas, como semáforos con un monte Fuji de metal o preciosos jardines particulares con sabor tradicional.

El lago Kawaguchi es bastante grande, y encontrar en él con qué divertirse es fácil. Desde recorrer la orilla y observar a la gente pescando, a perderse en los paisajes o, incluso, animarse a hacer un pequeño crucero, ya sea en un barco tripulado a motor o, como hicimos nosotros, en una barca. Vimos de dos tipos: de remos, normales y corrientes, y de pedales… pero con la barca en forma de pato. Adivina, Friki Viajero, por cuál nos decantamos… Obviamente por una de pato, pero ya que lo íbamos a hacer, que fuera a lo grande. Así que elegimos un pato rosa.

Lo que en un principio no iba a ser más que una forma de pasar un buen rato y aprovechar ya que estábamos ahí, se convirtió en la clave de la jornada. Como dijimos antes, el día estaba bastante nublado, y de Fujisan no había ni rastro. Pues bien, resulta que estando en algún punto indeterminado de Kawaguchiko, sorteando las olas de la superficie (hubo un momento en que pensamos que íbamos a volcar, porque nos pasó relativamente cerca un barco a motor) y pasando bastante frío, de buenas a primeras las nubes se abrieron un poco… y pudimos ver la cima del Fuji.

Fueron apenas unos pocos minutos, pero gracias a que estábamos en el lago, a buena perspectiva, pudimos admirarlo en todo su esplendor. Fue un momento tan mágico como surrealista el contemplarlo así, desde el interior de una barca en forma de pato rosa, pero a día de hoy lo recordamos con muchísimo cariño. Las fotos que tomamos son las dos últimas de la galería de arriba.

Tras tantas emociones fuertes, y puesto que ya se había hecho mediodía, decidimos ir a llenarnos el estómago. Nos metimos en un restaurante que había en la segunda planta de un edificio a la orilla del lago, regentado por dos viejecitas que, aunque no estaban arrugadas como higos porretos, sí que parecían sacadas de un manga de Rumiko Takahashi, la autora de Ranma. Fueron muy amables y la comida que nos sirvieron estaba de vicio, inclusive un ramen con un tipo de papa fermentada que Pedro pidió.

Zampando en Kawaguchiko

Tras la comida y haber visto el Fuji, lo cierto es que mucho más no quedaba por hacer en Kawaguchiko. Antes de regresar a la estación, decidimos dar un paseo más, a ver qué nos encontrábamos. Siempre recomendamos hacer eso, deambular, pasear y descubrir rincones que no vienen en las guías, y lo que hallamos esa tarde es claro ejemplo de ello: por los alrededores del lago, encontramos un templo precioso y totalmente desierto. A esas horas no había ni rastro de personas por la calle, y pudimos disfrutarlo tranquilamente. Actúa siempre con cabeza y sé respetuoso, pero date el capricho de ser uno más con el entorno y mezclarte con él.

Tras regresar a la estación, tomamos de nuevo el tren de la línea privada que llevaba a Otsuki. Un apunte interesante: este fue el único tren de una línea privada (no de la JR) que tomamos en todo el viaje, y a su vez fue el único que salió con retraso. Teníamos previsto tomar el que salía de Otsuki hacia Shinjuku a una hora determinada, pero como el que partía desde Kawaguchiko salió con retraso, tuvimos que esperar casi una hora en Otsuki al siguiente. Fue durillo pero curioso: Otsuki es otra ciudad pequeña entre montañas; hacía un frío que pelaba, apenas había nadie por la calle y en el paseo que dimos por los alrededores de la estación para hacer tiempo, las pocas personas con las que nos cruzamos nos miraban con esa cara de incredulidad y extrañeza de los que no están habituados a ver muchos extranjeros por su zona.

Pese a todo, finalmente pudimos tomar el tren hasta Tokio, decorado con una bonita ilustración de Momotaro, el niño melocotón del folklore japonés.

Tras regresar al hotel en Ueno, nos dispusimos a descansar un poco y cenar. El siguiente sería nuestro último día en Tokio en la primera parte del viaje (al concluirlo, regresaríamos unos días más a la capital), y queríamos disfrutarlo antes de partir a nuestro próximo destino: Kioto.

Tren de regreso de Otsuki a Shinjuku, decorado con un motivo de Momotaro, el niño melocotón, elemento tradicional del folklore japonés
Poder ver, aunque fuera durante unos instantes, el monte Fuji. Y verlo desde el lago, a bordo de un pato rosa.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
La línea de tren que nos llevó a Kawaguchiko no era de la JR, sino de una compañía privada. A la vuelta, nos pilló con retraso y perdimos un tren.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: