Tras llevar una semana viajando por libre en Japón, tocaba cambiar de aires y dejar Tokio definitivamente atrás. Así que tras coger las maletas, nos dirigimos a la estación de Ueno para coger la Yamanote Line hasta Tokyo Station, y ahí el Shinkansen (tren bala) con dirección a Kioto. El trayecto, dependiendo del Shinkansen que tomes, dura algo más de dos horas y media, así que nuestro plan era hacer una parada a medio camino en la ciudad de Nagoya para visitar su castillo.

Ejemplo de ruta en Shinkansen de Tokio a Nagoya, con HyperDia

En la captura de HyperDia que hemos puesto arriba, puedes ver la ruta que hicimos desde Tokio hasta Nagoya. Te recordamos que puedes leer aquí el tutorial que hemos escrito sobre cómo usar esta web gratuita, muy útil para organizar viajes por libre en Japón.

Una vez en la estación de Nagoya, buscamos unas taquillas de monedas y dejamos las maletas ahí, a buen recaudo. Las taquillas en las estaciones de tren japonesas son muy prácticas, porque siempre hay un montón y de varios tamaños, desde pequeñas en las que apenas cabe una mochila, a enormes, con capacidad para varias maletas de 20 kilos o más. Su precio depende del tamaño, claro, pero nosotros pagamos, si no recordamos mal, unos 500 yenes por una taquilla en la que cabían nuestras dos maleta

Tras ello, nos dispusimos a ir caminando hasta el castillo de Nagoya. Se puede ir en metro, pero preferíamos estirar las piernas y ver algo de la ciudad. Primera nota curiosa: en la estación de trenes de Nagoya, los carteles estaban escritos, además de en japonés y coreano, en portugués (algo que también vimos en la zona del control de inmigración de Narita). Deducimos que por la importancia histórica de Portugal en Japón, y quizás porque habrá una colonia importante de portugueses y brasileños en el país.

Y segunda nota “curiosa”: estaba lloviendo, y no dejó de hacerlo durante las horas que pasamos allá. No era una lluvia fuerte, sino fina y constante, por lo que decidimos comprarnos un par de paraguas transparentes, de esos baratos que se ven tanto en los mangas, y a caminar. Lo cierto es que entre el tiempo desapacible y que el camino que separa la estación de trenes del castillo de Nagoya no es demasiado bonito, Nagoya no nos dejó una gran impresión. Más bien, nos pareció una ciudad dormitorio, funcional y moderna.

Tras una media hora de paseo, llegamos al castillo. Hemos de decir que cuando empezamos a organizar nuestro viaje a Japón, la intención era visitar el castillo de Himeji, considerado por muchos el más hermoso y mejor conservado del país, pero en aquella época estaba en obras (de hecho, reabrió en abril de 2015 tras cinco años de restauración), así que nos decantamos por el de Nagoya porque nos quedaba bien en ruta. La entrada cuesta 500 yenes por persona, y la verdad es que es bonito de ver, tanto el castillo en sí como los jardines.

Eso sí, hay que tener presente que el castillo original fue destruido, y lo que se va a visitar es una reconstrucción.

El castillo de Nagoya fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial, pero su reconstrucción, fiel al original, concluyó en 1959.

Nada más entrar en los jardines del castillo de Nagoya nos encontramos unos kinsachi, peces dorados con cabeza de tigre que antaño se consideraban protectores contra los incendios, y que han hecho famoso al castillo de Nagoya porque lo velan desde lo alto de su tejado. A día de hoy, es posiblemente el mayor símbolo de la ciudad (con permiso de la fábrica de Toyota).

También en los jardines del castillo tuvimos más encuentros con unos compañeros de viaje que estuvieron en todo momento con nosotros por Japón: los cuervos. Qué grandes, qué negros y que escandalosos son los cuervos japoneses. Nos pasamos los 20 días graznando como ellos.

La visita al castillo incluye tanto los jardines como el interior, en donde se puede subir a un mirador (de lo más interesante de la experiencia, pues ofrece una vista panorámica de Nagoya), así como diversas exposiciones sobre la historia de la ciudad.

Nosotros aprovechamos para curiosear, sacarnos fotos y, además, descubrir a otros grandes compañeros de viaje: los sellos de tinta conmemorativos. Nos compramos una libreta, y fue en Nagoya donde estampamos el primero de los tantos sellos que nos trajimos de recuerdo a casa.

También en Nagoya, en concreto a la salida del castillo, Pedro se sacó la primera foto en uno de esos paneles con un agujero para asomar la cabeza. Anda que no les gusta a los japoneses. Y a nosotros hacer el pato un rato, para qué mentir…

Panel para poner la cara y sacarse una foto visto en el castillo de Nagoya

Retomamos el camino a la estación, en donde de paso aprovechamos para comer, y tras recoger las maletas, tomamos de nuevo el primer Shinkansen que pasó con destino a Kioto.

Ejemplo de ruta en Shinkansen de Nagoya a Kioto, en HyperDia

En cuanto llegamos a la antigua capital de Japón, primer impacto: si bien en Tokio y Nagoya no había dejado de llover, allí hacía un sol radiante y bastante calor, tanto que en cuanto dejamos atrás la estación de trenes nos tuvimos que quitar todo el abrigo que llevábamos encima porque nos asábamos.

También a medida que empezábamos a andar en busca de nuestro alojamiento, el Sakura Kaede, siguiendo el mapa que descargamos desde su web, comprobamos lo diferente que es Kioto de Tokio: es una ciudad muy tranquila, casi con ambiente rural en cuanto te alejas de las calles colindantes a la estación. Los templos están por todas partes, y por normativa los edificios no pueden superar un número determinado de plantas, así que urbanísticamente es todo bastante homogéneo.

Asimismo, el barrio donde estaba el Sakura Kaede, una vez caía la noche, quedaba totalmente desierto. Y eso que estábamos a 10 minutos a pie de la estación de trenes.

El alojamiento en sí nos gustó, con gusto a ryokan aunque moderno. Eso sí, no salió barato de precio precisamente y los futones, para nuestro gusto, no resultaron ser demasiado cómodos. Así que si bien aconsejamos echarle un vistazo, seguro que en Kioto se pueden conseguir otras alternativas de alojamiento mejores en la relación calidad-precio.

Íbamos a permanecer 5 noches en Kioto, pero como somos unos culos inquietos, nada más dejamos el equipaje en la habitación salimos a dar una vuelta. El Kaede está en la zona este de Kioto, así que no tardamos en toparnos con el Nishi Honganji, el Templo del Este, que estaba relativamente cerca. También fuimos caminando hasta la estación de trenes para observarla con tranquilidad. La llaman The Cube, y ha sido muy polémica porque su arquitectura futurista choca por todos lados con el resto de Kioto. Aun así, nos gustó mucho.

Cuando decidimos regresar, tomamos otro camino y… nos perdimos. Sep, jajaja. Estábamos leyendo mal el mapa y tardamos como cuarenta minutos en encontrar la dirección correcta (gracias a un señor mayor muy amable que hablaba perfectamente inglés y nos vio cara de guiris; luego nos explicó que había sido guía durante muchos años).

El problema de Kioto por la noche es que hay bastante penumbra (seguramente tienen alguna restricción para limitar la contaminación lumínica), y como dijimos antes, es extremadamente tranquila, no se ve un alma por las calles.

La pérdida no vino del todo mal, puesto que como llegamos más tarde de lo que pensábamos al hotel, encontramos un konbini cerca y ahí nos pillamos la cena. Inicialmente teníamos previsto dedicar el día siguiente a recorrer la ciudad, pero decidimos cambiar el planning e ir a Nara, uno de los lugares más hermosos y pintorescos de todo Japón.

¡Por cierto! En Japón se toman muy en serio el reciclaje. Estas bolsas de basura clasificada por tipos nos llegaron al alma…

Basura clasificada por tipos en Kioto
Darte cuenta, nada más llegar a Kioto, de lo diferente que es a Tokio, tanto en clima como en tranquilidad y arquitectura.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
La lluvia que no dejó de caer durante toda nuestra visita a Nagoya.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: