Cuando planeamos un viaje, nos gusta ir con los puntos clave ya decididos y una estimación de horas hecha, pero de forma que podamos hacer modificaciones si lo necesitamos. Nos ocurrió en Japón (decidimos pasar un día más de lo previsto en Osaka), y también en Islandia: habíamos previsto terminar nuestro sexto día recorriendo por libre el país en Hella, ya que habíamos calculado dedicarle más horas al senderismo en el parque nacional de Skaftafell, pero lo cierto es que llegamos a esta pequeña ciudad del sur de Islandia pasadas las tres de la tarde.

Islandia, caballos islandeses en Hella

Así que decidimos hacer un alto en el camino ahí simplemente, almorzar y seguir hasta Reykjavík, en donde aprovecharíamos para tener un primer contacto con el centro de la ciudad, y pasar la noche en su camping.

Dicho y hecho: aparcamos la furgoneta en Hella junto a un recinto vallado donde había varios caballos islandeses, y pasamos un rato agradable en su compañía mientras cargábamos las pilas. Y en cuanto almorzamos y adecentamos la cocinita, tocaba volver a ponerse al volante para afrontar la última etapa de nuestro viaje: regresando a Reykjavík, el punto de inicio, con lo que completábamos la Ring Road al cerrar el círculo.

Distancia entre Hella y Reykjavík: 88 kilómetros, 1 hora y 10 minutos de conducción, aproximadamente.

(Distancia entre Vïk y Reykjavík: 180 kilómetros, 2 horas y 15 minutos de conducción, aproximadamente).

Tras experimentar varios cambios de tiempo (como viene siendo normal cuando estás en las carreteras islandesas) y hacer un alto para tomarnos un café en una estación de servicio en las afueras de la capital, llegamos a Reykjavík. Nuestro primero objetivo era aparcar junto al BSÍ, la estación central de guaguas (autobubses) de la ciudad y el país, con dos objetivos: confirmar los horarios del Flybus que lleva desde ahí al aeropuerto de Keflavík, y comprobar si la estación dispone de taquillas para las maletas.

Podemos confirmar que sí hay taquillas para maletas en el BSÍ. Hay de varios tamaños y se pueden pagar con tarjeta de crédito, son muy cómodas para, como en nuestro caso, dejar las maletas a primera hora ahí, pasar el día recorriendo la ciudad, y ya por la tarde recoger el equipaje y tomar el Flybus hasta el aeropuerto, como haríamos nosotros al día siguiente.

Pero no nos adelantemos a la jugada 😉 Volvamos al sexto día de viaje: tras hacer dichas comprobaciones (y de paso alucinar un poco con lo pequeñita que es la terminal principal del país), decidimos echarle un par y buscar aparcamiento por el centro. Tuvimos suerte, porque eran las seis y cuarto de la tarde y la zona azul en Reykjavík entre semana es hasta las seis, por lo que pudimos dejar la Happy Camper en una zona muy céntrica sin tener que pagar parking. Si quieres leer más información (en inglés) sobre las zonas de parking de pago en la ciudad, te recomendamos este enlace.

Islandia, guagua amarilla (straetó) en Reykjavík

Una vez dejamos aparcada la furgoneta, y tras echarnos unas risas al ver otro straetó (las guaguas del servicio de transporte público de Reykjavík) amarillo, igual que las guaguas que tenemos en Las Palmas de Gran Canaria, nos dispusimos a patear.

Islandia, gente viendo el partido de fútbol Islanda Holanda en la plaza Ingólfstorg en Reykjavík

Nos dejamos llevar, y no tardamos en empezar a oler a comida y a escuchar escándalo propio de congregación humana. Dicho y hecho: nos topamos con la plaza de Ingólfstorg hasta los topes. Estaban retransmitiendo en directo el partido clasificatorio para la Eurocopa 2016 entre Islandia y Holanda, y eran muchos los islandeses que no se lo querían perder.

Islandia, gente viendo el partido de fútbol Islanda Holanda en la plaza Ingólfstorg en Reykjavík

El partido, por cierto, fue histórico porque acabó con victoria por 1 tanto a 0 de Islandia, y finalmente se acabó clasificando para el campeonato unos días después. Para un país de apenas 300.000 habitantes, clasificarse para la Eurocopa es un hito. Y nos gozamos las celebraciones cuando estábamos regresando un par de horas después a recoger el coche 😛

Esta fue la ruta que hicimos durante esa tarde en Reykjavík. El centro de la ciudad es muy pequeño, pero acogedor, lleno de vida y rincones coloridos en los que se pueden encontrar sorpresas insospechadas. 

Dejándonos llevar por el flujo de gente, no tardamos en llegar a la que es la principal calle comercial de la capital: Laugavegur. Es una calle peatonal muy agradable, donde encontrarás desde tiendas de recuerdos para turistas a auténticas curiosidades, pasando por restaurantes y sitios informales para comer. Vale la pena cotillear sin prisas, tanto la calle principal como las callejas que la van cortando.

Islandia, calle comercial Laugavegur, en Reykjavík

Por ejemplo, a los pocos minutos de paseo nos llamó la atención un cartel y decidimos seguir las indicaciones: llegamos a Freddi, una tienda de videojuegos retro arcade que, como frikis viajeros que somos, teníamos que visitar.

Islandia, tienda de arcade retro friki Freddi, en Reykjavík

Es un local regentado por un chico joven. Aunque el sitio es pequeño, no le falta encanto. Pedro hasta se echó una partidita.

Puedes encontrar más información sobre Freddi en su fanpage oficial de Facebook. Junto con la tienda de cómics y juegos Nexus (de la que hablaremos más adelante), fue el punto de referencia friki que encontramos en Reykjavík.

Mapa de Islandia en la calle comercial Laugavegur, en Reykjavík

Tras la parada, seguimos avanzando por Laugavegur.

Laugavegur es una calle muy larga. La zona comercial es peatonal y se puede recorrer en un paseo de media hora. Después, la calle sigue, pero ya en zona residencial.

Islandia, calle comercial Laugavegur, en Reykjavík

Seguramente sean muchos los que afirmen que Laugavegur es una calle para turistas, y no les quitamos razón, pero… ¡qué bien lo pasamos!

Islandia, calle comercial Laugavegur, en Reykjavík

Abundan las tiendas de souvenires. De nuevo, los frailecillos por todas partes (aunque no vimos ninguno durante el viaje, para ello hay que ir a zonas alejadas de la ruta que seguimos), los preciosos jerseys de lana de oveja tradicionales (Nisa iba con la idea de comprar uno, pero finalmente desistió, no tanto por lo caros que son -”un día es un día”, sino porque la lana de oveja islandesa pica, y mucho), los trolls fuera de los escaparates como reclamo…

De todo lo que vimos, algunos de los detalles que más nos gustaron fueron la tienda Litla Jólabúðin (la Pequeña Navidad), un local donde durante todo el año se venden variados adornos navideños, y de la que hablamos en este artículo

Islandia, tienda Litla Jólabúdin de artículos navideños en la calle comercial Laugavegur, Reykjavík

… la reja de speed-dating con los guantes sin pareja, en la que la gente deja su número de teléfono…

Islandia, guantes solteros (speed daiting) en la calle comercial Laugavegur, Reykjavík

… y los maravillosos, coloridos y numerosos murales que recubren muchas paredes de los edificios de la ciudad. Vale la pena pasear sin rumbo y descubrirlos.

Islandia, mural artístico en la calle comercial Laugavegur, en Reykjavík

Entre las tantas sorpresas que nos llevamos, destacamos el Chuck Norris Grill. Aunque no entramos a comer, nos echamos unas cuantas risas.

Barberías con encanto hipster…

Islandia, barbería hipster en la calle comercial Laugavegur, Reykjavík

… o incluso una “galería de la muerte” en uno de los tantos callejones a los que se accede desde la calle principal. Todas y estas muchas estampas te esperan en Laugavegur.

Islandia, Dead gallery en la calle comercial Laugavegur, en Reykjavík

Pero el tiempo pasaba, la noche se iba acercando, y queríamos ir a ver la famosa y extraña iglesia de la ciudad, así que empezamos a subir por una de las calles que cortan la principal.

Islandia, restaurante en los alrededores de la calle comercial Laugavegur

Como decíamos antes, Reykjavík es una ciudad acogedora y tranquila. En su núcleo urbano total, vive prácticamente un tercio de la población del país, pero en cuanto te alejas unos metros de Laugavegur, tienes la sensación de estar en un pueblo: calles desiertas, tranquilidad absoluta. Imaginamos que a esas horas, cerca de las 8 de la tarde, la inmensa mayoría de la gente ya estaría haciendo vida familiar.

Islandia, calles aledañas a la iglesia Hallgrímskirkja

Desde Laugavegur hasta Hallgrímskirkja, la iglesia luterana que debe su fama a su extraña arquitectura, hay apenas un paseo de unos 10-15 minutos. Se dice que su creador se inspiró en las formas del basalto de la catarata de Svartifoss, la cual visitamos en el Parque Nacional de Skaftafell.

Entramos durante unos minutos para verla por dentro, aunque solo pudimos ver una pequeña parte porque el horario oficial de apertura es hasta las 5 de la tarde. Más información en su web oficial.

Islandia, calles aledañas a la iglesia Hallgrímskirkja

Y tras la visita, emprendimos el regreso. La noche empezaba a caer sobre Islandia, y su capital estaba inmersa en la tranquilidad más absoluta.

Islandia, mural en calle aledaña a la iglesia Hallgrímskirkja

A nuestro paso, más murales entre casas preconstruidas, con chapas aislantes para evitar las bajas temperaturas…

Islandia, calle peatonal de Reykjavík pintada con la bandera arcoíris de la diversidad LGTB

… y rincones maravillosos como esta calle que une directamente la Hallgrímskirkja con Laugavegur, pintada con los colores de la bandera arcoíris que representa la diversidad LGTB. Un resumen visual de la tolerancia del pueblo islandés.

Islandia por libre, zona de acampada del camping de Reykjavík

Cuando estábamos a punto de regresar al coche, comprobamos que la gente estaba que no cabía en sí tras la victoria de Islandia contra Holanda (lo puedes ver en el videodiario). Conseguimos salir del centro ya al volante, incorporarnos a la autovía que circunvala la ciudad y llegar sin dificultad al camping, en donde pagamos la tarifa para pasar la noche, nos dimos una ducha caliente y nos preparamos la cena. Había sido un día intenso y completo, pero lo mejor estaba por llegar…

Islandia, aurora boreal vista desde el camping de Reykjavík

Pedro había ido al baño un momento, Nisa estaba en la furgoneta, dentro ya del saco de dormir, cuando escuchó que él la llamaba a gritos. Y es que arriba, en el cielo, en plena capital, Islandia nos entregaba uno de sus mayores tesoros: las auroras boreales que creíamos que no íbamos a poder ver.  La foto no les hace justicia, pero fueron 20 minutos mágicos. El firmamento negro se tiñó de verde, las auroras bailaban, desaparecían, surgían, caprichosas, y nosotros las observamos atónitos, con un pequeño nudo en la garganta.

Qué gran forma de empezar a despedirnos de Islandia… Aún nos quedaba un día en ella.