Si hay un número que se pueda asociar a Kioto, es el mil. Mil fueron los años durante los cuales Kioto fue capital de Japón, y según se dice, mil son los templos que hay a lo largo de la ciudad. Es, por tanto, el corazón espiritual del país, un lugar muy interesante para visitar el lado más tradicional del pueblo nipón…, y tan grande es su oferta que es imposible abarcarla toda en apenas unos días.

Así que los Frikis Viajeros que suscriben estas líneas se decidieron a dedicar su décimo día de viaje por libre por tierras japonesas a descubrir parte de los tesoros que ofrece Kioto, en una ruta que puede observarse a continuación.

Lo primero que hay que comentar, es que las dos mejores opciones para moverse por Kioto son ir a pie (entre rutas no demasiado largas) y el transporte público. Kioto cuenta con una red de metro de unas pocas líneas, pero su red de guaguas (buses) es bastante completa y eficiente, puesto que aunque son las mismas líneas que usan los habitantes de la ciudad, estas pasan por los principales puntos de interés histórico y cultural.

Eso sí, ni el metro ni las guaguas vienen incluidos en el Japan Rail Pass, por lo que lo más recomendable es comprarse un pase de un día para usar las guaguas. Se llama Kyoto City Bus One-Day Pass, cuesta 500 yenes cada uno y permite al portador usar todas las guaguas del sistema de transporte público de Kioto que desee en el día en que es válido el pase. Se puede comprar en la estación de trenes de Kioto y en otros puntos (nosotros, por ejemplo, lo compramos en nuestro ryokan) y la verdad es que es muy cómodo. Para usarlo, simplemente tienes que pasarlo por la máquina a la entrada de la guagua la primera vez que lo usas, y la máquina imprimirá la fecha del día en el pase. A partir de ahí, cada vez que vayas a usarlo, simplemente tienes que enseñárselo al conductor, quien tras hacerte una pequeña reverencia te indicará que puedes pasar a la guagua.

Por cierto, no sabemos si es algo que se da solamente en Kioto o si es a nivel nacional (no montamos en guaguas en ningún otro punto del país), pero cada vez que alguien entraba, el conductor murmuraba la consabida frase de cortesía dando la bienvenida. Protocolos japoneses…

En Kioto hay tantos templos que el mejor consejo que te podemos dar, es que sepas de antemano qué te interesa ver y organices tu ruta por la ciudad en función a dichas visitas. O bien elegir una zona y lanzarte a la aventura. Y ten muy en cuenta los horarios de apertura de los templos, porque la inmensa mayoría cierran a las 5 de la tarde.

Tomamos una guagua en Kyoto Station tras curiosear por el barrio desde el ryokan hasta allá, y nos bajamos junto al santuario de Yasaka. Hemos de confesar algo: a Pedro no le entusiasma demasiado lo de visitar templos y más templos, así que decidimos bajarnos por la zona de Gion, el barrio de las geishas, y empezar a caminar a la aventura. No nos fue demasiado mal, la verdad, porque descubrimos cosas que desconocíamos y vivimos experiencias que nunca olvidaremos.

En los alrededores del santuario de Yasaka se encuentra el parque de Maruyama, donde hicimos el tonto un rato observando la eterna batalla entre carpas y patos (que se lo digan a las carpas del parque de El Retiro en Madrid, ¡es una lucha universal!).

Dejándonos llevar, caminamos hasta el famoso templo de Chion-in, el cual algunos reconocerán porque algunas escenas de la película El último samurái se rodaron en él. El templo en sí es impresionante, pero lo son aún más las empinadas escaleras que se alzan a sus espaldas.

¿Que de cuántos escalones estamos hablando? Nos pareció contar 108, número con gran importancia en la tradición budista, pero no nos hagas mucho caso… Lo único cierto que te podemos decir es que hay que armarse de paciencia y paso a paso, sacando piernas, subir. Cuando llegas arriba no solo recompensa la vista, sino también las máquinas expendedoras de bebidas, donde te puedes refrescar con una, por ejemplo, rica Fanta de uva…

Fanta de uva comprada en una máquina expendedora en Kioto

Dedicamos un buen rato a ver cómo un grupito de chicos, vestidos con uniformes de instituto, jugaban a saltar los escalones de diez en diez (sep, a lo kamikaze) y tras retomar el camino por donde nos indicaba el viento (en otras palabras, vagando sin rumbo definido), nos topamos con la entrada a un cementerio budista. La cosa no quedó ahí, y es que tras entrar y seguir un camino entre árboles que nos encontramos, acabamos en lo alto de una colina desde donde se tenía una muy buena vista de la ciudad, pero, sobre todo, pudimos disfrutar de una paz y tranquilidad absoluta. Solo nosotros, las tumbas y las ramas de los árboles meciéndose. Sobrecogedor.

Tampoco estamos del todo seguros, pero creemos que ese día se celebraba algún tipo de festividad budista en honor a los difuntos, puesto que vimos a numerosas personas acudir a los templos, y tras descender del cementerio, a la entrada de uno de dichos templos unos monjes nos invitaron amablemente a entrar y presenciar la ceremonia. Así hicimos y estuvimos en silencio dentro durante unos minutos, escuchando cómo entonaban sutras y hacían los consiguientes rituales. Una experiencia de lo más interesante y enriquecedora.

Actos fúnebres budistas en Kioto

Algunas de las personas que se dirigían a estas ceremonias iban ataviadas con kimonos tradicionales y yukatas. Al ver a varias mujeres así, uno empieza a creerse de verdad que está en Kioto.

Mujer ataviada con kimono en Kioto

Tras ello, dejamos atrás esa zona de templos y nos dirigimos al barrio de Gion, célebre por ser uno de los pocos reductos que quedan de geishas y maikos. Qué decir… Sí, es interesante visitarlo porque sus callejuelas te trasladan a otros tiempos, pero básicamente es un vecindario donde verás restaurantes de precios prohibitivos y, con mucha, mucha suerte, alguna que otra geisha acudiendo o regresando del trabajo. Nosotros no vimos ninguna, dicen que la mejor hora para verlas es por la noche, entre las 18 y las 20. A todas estas, los chicos de Japonismo hablan largo y tendido de Gion, así que si te interesa te recomendamos que eches un vistazo a este artículo en su web. Lo confesamos: no estuvimos mucho tiempo por allá. Cuestión de gustos.

Espantados por los precios de los restaurantes que vimos por la zona, decidimos coger otra guagua y bajar por las inmediaciones del parque del Palacio Imperial. Comimos en un pequeño local de la zona (muy rico y barato, como suele ser en cualquier restaurante de barrio en Japón) y tras ello nos dispusimos a visitar el enorme parque, en el que pudimos desconectar y descansar. Llama la atención la gran explanada de tierra y piedras que rodea al palacio, por la cual hay trazadas estrechas sendas para los ciclistas.

El parque cuenta con numerosas zonas verdes y en algunas había aún árboles en plena floración. Si viajas a Japón en esa época, recomendamos sentarte tranquilamente y observar las flores, así como a los japoneses que hacen esto mismo. La contemplación de la belleza sencilla, el placer de las pequeñas cosas… Es algo que sin duda deberíamos aprender todos de este pueblo.

Aún quedaba tarde por delante, y a Nisa le hacía especial ilusión ir a ver el Pabellón Dorado (o en su nombre original, Kinkaku-ji), así que de nuevo cogimos una guagua (se puede llegar en las líneas 101 y 205) y subimos al norte de Kioto. El trayecto es largo, pues está bastante alejado del centro de la ciudad, pero ideal para observar sin más las calles y la gente de a pie en su rutina diaria.

Una vez allí, hay que comprar la entrada para el recinto (400 yenes cada uno). Las cosas como son: el templo del Pabellón Dorado es uno de los más populares de Kioto (posiblemente del mundo), así que lo que te vas a encontrar en mayor o menor medida (dependiendo de la hora a la que vayas) es a un montón de gente con tus mismas intenciones. Nosotros llegamos allí a eso de las cuatro menos algo (ten en cuenta que en Kioto casi todos los templos cierran a las 5 de la tarde), y había un nutrido grupo de visitantes formado, en esencia, por escolares, turistas chinos y coreanos, y algunos americanos y europeos.

El Pabellón Dorado en sí no puede visitarse por dentro, solo se puede admirar desde lo lejos. Aunque puede ser un tanto decepcionante, la verdad es que es tan bonito que encandila. Si quieres sacarte la consabida foto con él de fondo, ármate de paciencia, porque tendrás que esperar un buen rato hasta que los demás hayan terminado y puedas encontrar el punto adecuado sin que nadie más salga en el encuadre. Lo bueno de que haya tanta gente, es que no te costará encontrar a alguien que te haga el favor de sacar la foto si vas en pareja-grupo y no tienes un “paloselfi”.

Los jardines que rodean el complejo también son muy bonitos, así que la visita en sí vale la pena. Una vez hubimos terminado, y tras bebernos un melon soda en una máquina expendedora que encontramos a la salida (la cual daba la bebida en vasos, no en lata), tomamos de nuevo la guagua de vuelta hasta Kyoto Station, desde donde nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores.

Entre otras cosas curiosas, encontramos una tienda enorme donde alquilaban manga, y este curioso cartel que advertía sobre los peligros de cruzar la calle por donde no se debe…

Cartel de precaución por donde cruzas la carretera, visto en Kioto

Regresamos al ryokan, y aunque no disponíamos de un ofuro tradicional, sí que llenamos la bañera para descansar a la japonesa. Kioto posee templos interesantes a punta pala, como Fushimi Inari, que nos quedamos sin ver; pero bueno, lo reservamos para otro futuro viaje por tierras japonesas, pero aún nos quedaba mucho que disfrutar en la ciudad. Nada más y nada menos que la experiencia de transformarse por unas horas bajo capas de maquillaje y kimonos.

Baño privado moderno, en el ryokan Sakura Saede, en Kioto
Perdernos por una colina y recalar en un cementerio budista en absoluta soledad. Fue bastante impresionante.
Lo mejor de la jornada:
Lo mejor de la jornada:
El barrio de Gion nos resultó un poco decepcionante.
Lo peor de la jornada:
Lo peor de la jornada: